En la Marea

“Mi alma es tan cierta como el hueso de una ciruela. No conozco los juegos del corazón. (…) Cuanto quiero decir está en las frases hechas. No abuso de la desesperación porque no es mía, sólo la guardo en depósito y por un tiempo entre mis manos.” Wislawa Szymborska

La casa estaba en un lugar recluido de la ciudad. Era una construcción victoriana de imponente apariencia y colores apagados. Las ventanas eran grandes, con cristales teñidos de oscuridad por el paso del tiempo. Tras un ventanal más grande aún se veía una silueta de mujer.

Maurea vivía sola, excepto por el bebé que cargaba en brazos. Los vecinos sabían que algo no estaba bien con ella. Ella también sabía que algo no estaba bien. Cargaba al niño a través del salón más grande donde el desorden se había adueñado por completo del lugar. El piso estaba lleno de recortes, de notas manuscritas. Había hojas de árboles del patio que el otoño había dejado entrar. Las paredes y el suelo estaban manchados de sangre que nadie había siquiera intentado limpiar. Ahora ya era demasiado tarde.

En una pared, garabateado sobre el antiguo empapelado que cubría toda la habitación, había una frase escrita apenas comprensible: “El amor es como un cesto de ciruelas maduras”. Ella ya no recordaba qué significaba, ni quién lo había escrito (quizá había sido ella misma); pero abajo, en el suelo, había un cesto con ciruelas maduras que reponía a diario. Se detuvo en medio del salón y, con cuidado, se sentó en el piso. Sus jeans estaban rotos y desgastados, cubiertos de pintura seca y de sangre húmeda. Acercó al bebé a su pecho mirándolo a los ojos, y le cantó una canción de cuna que no recordaba conocer.

Escuchó el viento aullar entre los árboles y agradeció tener un lugar donde refugiarse aunque estuviera cayéndose a pedazos. El mundo era escalofriante y violento. Afuera nunca se había sentido segura. Sin embargo, a veces se preguntaba si esa casa era el mejor lugar. Ni siquiera recordaba cómo había llegado allí, pero de eso hacía tanto tiempo que ya no importaba.

En una de las ventanas más pequeñas, que era redonda, había un gato gris. Entró un día sin pedir permiso; ella no sabía de dónde había venido. No era muy sociable. Era silencioso y solitario, pero tenía unas manchitas blancas en la nariz que a veces la hacían sonreír.

Trató de pensar cómo suicidarse ese día. Cada vez era más difícil pensar en un modo original de acabar con su vida. Los vecinos estaban cansados de sus escenas, como ellos les llamaban. Creían que Maurea estaba buscando una excusa para llamar la atención. Ya muchas veces pensaron que había muerto y a las pocas horas ya estaba bien. Bien porque no estaba muerta, lo cual, sobre todo en este caso, dependía profundamente de la perspectiva.

Nadie entendía cómo. Tampoco ella. Habían visto las heridas abiertas y desgarradas, el corazón en silencio de muerte. Pero con el tiempo se conformaron con la suposición de que Maurea simplemente era una muy buena actriz. Nadie consideró que aunque no estuviera muerta, quizá las heridas eran de verdad.

La gente se cansa de las cosas que no comprende. Eso lo aprendió por las malas. Pero también aprendió a convivir con su dolor y con sus ciclos de muerte y resurrección. Por algún motivo no podía morir y estaba aprendiendo a aceptarlo. Eso no implicaba que no quisiera morir, pero al menos estaba intentando.

Dejó al bebé en el suelo y se acercó a un espejo que ocupaba casi toda una pared. Su rostro estaba marcado de cicatrices viejas. Sus ojeras evidenciaban las noches sin dormir. Su pelo muy corto estaba despeinado y sucio, pero no le importaba. Hacía tiempo que todo lo importante había perdido color y que no se reconocía en la imagen que reflejaba.

Decidió que la mejor opción era cortarse las venas. Era rápido y efectivo, y bien podía montar la escena para ella misma ahora que ya nadie vendría a chequear qué había pasado. Eso significaba que tampoco le dirían que todo era mentira.

Entró a un baño antiguo, puso a llenar la bañera de agua caliente y se sentó en el piso con las rodillas abrazadas hacia el pecho mientras apretaba los ojos para no llorar. Se preguntó cuándo habría sido el momento exacto en que su vida había entrado en este caótico sinsentido y no pudo recordarlo. Sus emociones la abrumaban y lo único que percibía era que se sentía vacía y sola.

Escuchó el llanto del niño en la distancia. Pensó, como tantas veces, si él querría morir. Y, más importante aún: si podría morir. Hizo un enorme esfuerzo para levantarse y volver al salón. Lo levantó del suelo manchado de sangre y lo llevó con ella de vuelta al baño. Sus alaridos eran desgarradores, pero no se movía en absoluto. Lo dejó en el suelo cerca de la puerta y el niño fue sumiéndose poco a poco en el silencio.

Maurea cerró la canilla, se desvistió y se metió en el agua. Su cuerpo estaba marcado de sangre de viejas heridas, que se deshizo en el agua tiñiéndola de un rosa pálido y descolorido. El calor del agua sobre la carne abierta la hizo aferrarse con fuerza a los bordes de la bañera mientras sollozaba en silencio. No por el dolor; tal vez era sólo un reflejo.

Miró al bebé en el rincón y decidió que no podía saber si quería morir, así que desestimó la idea. Tomó la navaja que cargaba siempre en sus jeans y comenzó a apretar la cuchilla sobre su piel. Atravesó sus venas desde la muñeca hasta la mitad del antebrazo izquierdo, mientras la sangre brotaba incontenible y caía al agua en gotas pesadas que luego dibujaban líneas incomprensibles. Maurea ya casi no se percataba del dolor. Había llegado a aceptarlo como parte de un ritual que no entendía pero a la vez era ineludible. Tomó la navaja con la mano izquierda y cortó la piel de su muñeca derecha. Siempre era más difícil; no sólo porque no era su mano hábil sino porque la sangre que ya había perdido empezaba a afectar sus sentidos. Se sintió mareada y fue perdiendo la sensibilidad en los dedos de las manos y los pies. La navaja cayó al suelo y salpicó de sangre nueva las paredes y los mosaicos. Ya había manchas salpicadas en todo el baño de sus intentos anteriores.

Se dejó caer en ese espacio intermedio entre la vida y la muerte. El único lugar donde estaba lejos de cualquier dolor, donde todo era efímero y ordenado. Ahí no sentía que tuviera que ocupar un lugar que no estaba ocupando. No se sentía tan lejos de todo lo que el mundo esperaba de ella. La muerte era real y, aunque los demás no lo entendieran, ella sabía que había muerto. Pero la certeza de volver de allí parecía desestimar su propio sufrimiento. Quería mantenerse ahí, donde no tenía que preocuparse por su caos ni por la incomprensión del resto de las personas, pero eso duraba un instante.

Poco a poco sintió cómo la sangre volvía a recorrer sus venas. Se dejó llevar por la inercia de la vida que volvía a atravesar su cuerpo. Abrió suavemente los ojos que se le habían cerrado y tomó la primer bocanada de aire. Los olores la invadieron muy rápido y sintió náuseas. Miró sus muñecas para cerciorarse de que las heridas estaban ahí, de que todo era real. Y así era. Las venas estaban abiertas y de nuevo le produjeron dolor. Un dolor punzante y lejano, como un ruido de fondo. La piel se fruncía hacia los costados creando formas extrañas y retorcidas. Todo estaba inflamado y la sangre seguía fluyendo despacio. De tanto intentarlo, las heridas no llegaban nunca a cicatrizar. Los surcos se marcaban más y cada intento anterior vivía ahí en el revoltijo de carne, piel y sangre nueva y vieja.

La piel del resto de su cuerpo se había arrugado un poco por el tiempo que estuvo en el agua. Cuando logró ver con claridad, miró adonde había dejado al niño, que ahora parecía dormir profundamente. Se fue moviendo lentamente. Sacó una pierna a un costado de la bañera y luego la otra. Quedaron colgando a un lado y apoyó la nuca en el otro lateral de la bañera. El agua había tomado un color rojo tan profundo que parecía volverse negro hacia el fondo.

Cerró los ojos durante unos instantes, hasta que estuvo lista para salir. De sus pies había caído agua y sangre que manchó aún más el piso, y al enderezarse se quedó contemplando las líneas que se iban formando en su cuerpo mientras la sangre caía, goteando por sus brazos y piernas hasta el suelo, ensanchando el charco sanguinolento bajo sus pies. A lo largo de los espacios que recorrían las gotas empezaba a vislumbrarse su piel blanca otra vez. Húmeda, manchada, pero la misma que antes. Pasó la palma de sus manos por sus brazos y por su cara para que la piel no perdiera ese color nauseabundo que recordaba la muerte.

Tomó la ropa interior de color crema que se había sacado un rato antes y se la puso, sin importarle mancharla con la sangre que cubría su cuerpo. Se acercó al rincón más cercano a la puerta y levantó al bebé. Abrió la puerta y salió del baño en dirección al salón. Sus pasos eran lentos, avanzaba poco a poco, como sopesando cada movimiento. Sus pies dejaban marcas rojas en el suelo que pisaba y en todos los papeles y fotos que había desperdigados por todo el lugar.

Cuando llegó al living vio que la luz del sol entraba por el ventanal y el gato gris miraba hacia fuera sentado en el alféizar. Fue hasta donde estaba el cesto con las ciruelas y lo miró unos instantes; luego miró la frase en la pared y se agachó para apoyar al bebé en el suelo. No se molestó por correr las cosas que había cubriéndolo todo.

Se sentó en el suelo y cruzó las piernas. Estuvo quieta unos minutos hasta decidirse a tomar la cesta entre sus manos y apoyarla sobre sus piernas cruzadas. Pasó la mano derecha por su cabello, dejando rastros rojizos allí también. La otra mano buscó tocar una de las ciruelas y con uno de sus dedos apretó suavemente para chequear qué tan madura estaba. La piel morada de la fruta se hundió unos milímetros sin esfuerzo, y ella sonrió. Apretó más y con la uña rasgó la cáscara; un hilo de jugo violáceo bajó por su dedo. Maurea agarró la ciruela con ambas manos, manteniéndola todavía dentro del cesto, y amasó con fuerza mientras veía chorrear el líquido hacia sus muñecas y también más abajo, hacia la cesta. Tomó otra ciruela y otra más, y las presionó contra el mimbre, que se fue tiñendo de morado. El jugo fresco pasó más allá, atravesó su contenedor para llegar hasta las piernas de Maurea, y de ahí siguió su camino hacia el suelo.

Ella soltó las frutas un momento y con sus manos teñidas de su color acarició su pecho, sus mejillas y su rubio cabello que se fue tornando de un color irreproducible. Volvió a exprimir en sus manos el resto de las ciruelas. Dejó que el líquido manchara el suelo, la cesta, su cabello, su cuerpo entero. Cuando ya ninguna ciruela parecía contener más jugo, pasó sus manos sobre sus párpados. Se manchó de violeta la nariz y los labios y las mejillas.

Miró al ventanal, desde donde el gato gris ahora la observaba fijamente, y vio el sol de nuevo. Quiso salir.

Dejó la cesta a un lado, que siguió chorreando líquido violáceo unos minutos más. Se paró y levantó al bebé del suelo. Lo acunó en sus brazos y lo miró a los ojos, acariciando su mejilla, que se tiñó también del color de las ciruelas. Al abrazarlo también lo estaba manchando.

Se acercó a la entrada de la casa y salió. Sabía que hacía frío pero no le interesó abrigarse o incluso vestirse. Sabía que los vecinos no se alterarían. Ya no. “Cada día agrega algo más a su escenita macabra”, dirían quizá. Ella no entendía en absoluto ese afán de la gente por no creer lo que estaban viendo, esa insistencia de creer que ella estaba inventándose un cuento, sólo para no enfrentarse al terror real que la situación podría causarles.

Maurea abrió la puerta, por primera vez en mucho tiempo, y salió al exterior con determinación, aún cargando al niño en brazos. Frente a su casa, un vecino regaba el césped de su jardín frontal. La miró de reojo, suspiró y siguió sin volver a prestarle atención. Otra vecina pasó con su hija de unos cinco años justo por su vereda. La miró inquisitivamente, como regañándola. La niña la miró y Maurea supo que de verdad la estaba viendo. Más aún: pudo ver en el interior de esa niña y percibir que también se sentía sola. La madre la agarró con fuerza del brazo para seguir su camino.

Con dolor, Maurea descubrió que estaba llorando. Las lágrimas recorrían sus mejillas y desdibujaban los restos de sangre y jugo de ciruelas. Rodeó la casa y llegó hasta un árbol grande que había en el patio. Apoyó al bebé en la tierra cerca de las raíces salientes del árbol. Se alejó unos pocos pasos y se agachó en el suelo. En el piso había hojas secas y hojas verdes, tierra floja y ramitas que el árbol había perdido. Con la palma de la mano extendida, Maurea quitó lo que estaba encima hacia loscostados. Fue sacando todo hasta que quedó un espacio de tierra limpia con forma de óvalo, más o menos de su tamaño. Miró el lugar que había liberado y se sentó en el medio. Con las manos ensangrentadas comenzó a escarbar la tierra. Primero despacio pero sus movimientos fueron acelerándose y volviéndose más rítmicos.

Fue excavando cada vez más profundo. Sus dedos empezaron a cortarse por la fuerza con la que sacaba la tierra. Sus uñas se quebraron también. Sangre nueva empezó a brotar de sus dedos. Se mezcló con la tierra que tenía pegada en las manos y con la que estaba en el pozo que seguía cavando. Se mezcló con la sangre que ya estaba seca sobre su cuerpo y sus muñecas, y con el jugo de ciruelas que también había empezado a secarse.

No sentía el dolor. Hacía mucho tiempo que ya nada podía lastimar su cuerpo; no realmente. Así que siguió profundizando el hueco en la tierra bajo el árbol, dejando partes de sí misma en el proceso.

Después de un rato, se frenó de golpe. Observó el pozo y supo que estaba listo. Se paró y se limpió la tierra ensangrentada de las manos sobre los muslos. Introdujo una pierna en el hueco y después todo el cuerpo. Dudó un momento y con cuidado se recostó sobre la tierra, que allí abajo estaba húmeda. Su sudor se mezcló con todo lo que su piel estaba cargando, y fue traspasándose al suelo.

Cerró los ojos y pensó en quedarse ahí para siempre. Sintió cómo su cabello se apoyaba en la tierra y se ensuciaba también. Las heridas sin cicatrizar en su cuerpo se habían multiplicado todavía más y le ardían un poco al entrar en contacto con las partículas de polvo.

De repente sintió frío y recordó que era invierno. Hasta ese momento no lo había notado. Se sentó aún dentro del pozo y miró hacia arriba. Tomó aire y lentamente se enderezó para salir. Tuvo que trepar un poco. Cuando llegó arriba se acordó del bebé y lo miró sin saber muy bien qué hacer con él.

El viento empezó a soplar más fuerte y Maurea tomó una decisión. Caminó despacio hasta el árbol y agarró al niño con las dos manos. Lo llevó hasta el pozo y lo sostuvo sobre él, mirándolo fijamente. Esperó unos segundos, como si necesitara una señal que la avalara, y aflojó las manos, dejando que el bebé cayera sobre la tierra con un golpe seco. El niño no gritó, no emitió sonido alguno. De hecho, no era un niño: era un muñeco. Su expresión era inmóvil y para nada humana. Nunca había sido un bebé.

Recién entonces Maurea logró entenderlo. Miró dentro del pozo y lloró un poco. Sintió que algo había muerto. Algo que quizá nunca había estado vivo. Sacó fuerzas de donde no tenía para volver la tierra a su lugar. Muy despacio fue arrastrando todo lo que había sacado, con delicadeza, como si fuera parte de un ritual. El muñeco no tardó mucho en quedar tapado por completo. Mantuvo el mismo ritmo sereno y mecánico hasta que toda la tierra estuvo de nuevo en su lugar. Cuando terminó, se arrodilló a un lado y apretó los párpados con fuerza mientras con las manos se aferraba a los brazos que había cruzado sobre su pecho.

Estuvo quieta un tiempo que le pareció eterno, hasta que se le empezaron a dormir las piernas. Entonces abrió los ojos; el brillo del sol le molestó un poco. Se levantó y, sin mirar atrás, caminó hasta la casa de nuevo. Entró y cerró la puerta detrás de sí.

En el salón, el gato gris estaba durmiendo plácidamente dentro de la cesta teñida de colores violáceos donde habían estado las ciruelas.

Maurea sintió cómo el cansancio se adueñaba de todo su cuerpo y, sin dudarlo, se acostó sobre su costado en medio del cuarto. Cerró los ojos y se durmió sintiendo que se despertaría en otra vida. Y entendió lo que no había entendido hasta entonces: que el amor es como un cesto de ciruelas maduras.